Ecología

domingo, 31 de mayo de 2020

El virus de la derecha



Grupos de españoles han salido a las calles a reclamar libertad. Vox, el partido de extrema derecha, ha apostado por amplificar esas protestas. Pero el país no necesita proselitismos durante una crisis sanitaria.


En los últimos días España se zambulló, otra vez, en otro episodio de nacionalismo rabioso y torpe.

Este mes, decenas de vecinos salieron a las calles de Salamanca, un barrio acomodado de Madrid, a golpear cacerolas al grito de “libertad, libertad, libertad”. Otro grupo estacionó sus autos en una avenida obedeciendo a una convocatoria del partido de extrema derecha español, Vox, para reclamar la renuncia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, por su manejo de la pandemia. Casi en simultáneo, una piña de jóvenes recorrió la ciudad vistiendo camisetas pardas y con banderas de España reclamando que la patria es de quienes pelean por ella. El acto más pintoresco, sin embargo, ocurrió en Santander, una ciudad en el norte del país: un hombre recorrió las calles en el asiento trasero de un descapotable conducido por su chofer revoleando su bandera española al grito de “gobierno dimisión, gobierno dimisión”.

Esta imagen retrata de cuerpo entero a la peor derecha española desde el retorno de la democracia, la más banal y peligrosa. La ultraderecha ha salido a las calles de España —uno de los países más afectados por la pandemia— a reclamar libertad sobre los cadáveres de miles de muertos por el virus, y ha advertido que este es solo el inicio. Es mejor prestar atención; a menudo consiguen más de lo que se espera.
En el pasado, España ya se tomó en sorna el discurso alucinado de Vox, confiada en que estaba inmunizada a los experimentos de los populismos de derecha que crecían en Europa gracias a que un partido —el Popular— institucionalizaba el discurso de toda la derecha. Vox salió con el pecho hinchado de las elecciones en las que Sánchez llegó al gobierno. Ahora sus seguidores recorren las calles de Madrid con banderas llamando a recuperar la patria parasitando preocupaciones legítimas de la mayoría, como el miedo al presente y la incertidumbre por el futuro.

Pongamos algo en la mesa: el gobierno de Sánchez falló en el manejo de la crisis del coronavirus. Hay críticas severas a la gestión de la pandemia en varias naciones, pero esos reproches coinciden con gobiernos donde sus líderes menospreciaron los riesgos desde el cinismo. Allí están Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, Andrés Manuel López Obrador en México, Boris Johnson en el Reino Unido o Daniel Ortega en Nicaragua, pero no es el caso de España. Como otros líderes europeos, Sánchez subestimó el impacto de la pandemia y reaccionó tarde, pero no ha respondido con cinismo ni tiene un plan autoritario de control social.

Los manifestantes de Salamanca protestan como protestaría cualquier persona en una situación crítica. ¿Quién no quisiera ir a trabajar, salir, ver familiares? ¿Quién no viajar? Todos deseamos alguna forma de normalidad.
Es un reclamo válido, pero su validez es limitada. Y en la crisis que atraviesa y atravesará España, la vocinglería acomodada está en la tercera lista. Duele enumerar el incendio que se viene: caída del PIB, desempleo récord, pobreza en alza, marginación y exclusión crecientes. Y antes que eso: la pandemia aún no ha terminado, el riesgo de rebrote se mantiene. Esto es, la emergencia sanitaria va primero; sin gente sana tampoco hay economía.

Otro cuento se narra cuando esas protestas —aceptables aun siendo insolidarias— son promovidas, copadas o cooptadas por una organización política con vocación de poder. En este contexto y tratándose de Vox, la protesta es un acto de oportunismo radical.

La activación de la protesta por la derecha opera sobre los miedos, deseos y necesidades de una población asustada por un virus sin vacuna ni tratamiento efectivo que ha matado en el mundo a cerca de 400.000 personas. Actúan sobre el hartazgo del encierro y el apuro de no perder más ahorros, trabajos o tiempo.

Pero el reclamo político poco tiene que ver con la crisis: es una batalla por el poder y dominio del relato ante la opinión pública. Encubre sus intereses reales bajo demandas razonables. La derecha española hoy propagandiza que su país está en manos de comunistas y chavistas. En el colmo de la alucinación, suponen el confinamiento pandémico como un arresto domiciliario en un gulag sanitarista.
El reclamo de “libertad, libertad, libertad” y el pedido de dimisión del gobierno se acoplan. En el discurso de las derechas extremistas siempre hay una invasión en proceso y un enemigo claro. Lo hicieron los nazis —el “virus” eran, sobre todo, los judíos—, las dictaduras sudamericanas de los setenta y ochenta —el “virus”, los socialistas— y lo flamean Trump y los nacionalismos nativistas hoy —el “virus” es el otro—. El tronco es común: recuperar la nación —lo que ellos creen que es la nación, siempre un concepto restringido— de los que la pervierten, dañan. La enferman.
Es fácil tomarse a broma eso, porque suena y es absurdo. Pero nunca desprecien a un alienado.

Esta nueva derecha es antipolítica y ama atacar desde los márgenes. Se presenta como víctima de persecuciones y opresión y la defensora de los derechos más privados de las personas. Un hilo invisible une a los manifestantes fogoneados por Vox con los tipos armados que ocupan parlamentos locales en Estados Unidos: todos demandan business as usual. El mundo conocido, la realidad manejable. Pero apelan a un discurso libertario que, en medio de una pandemia, es un ataque al bienestar común.

Vox apuesta al incendio. Su discurso no es construir: primero destruye, después instaura. Un virus antidemocrático. No corrige la plana de Sánchez para mejorar; su plan es derruir su gobierno hasta hacerlo caer y recuperar una normalidad de privilegios de casta. Business as usual. Un señor embanderado en un convertible con chofer.

España no necesita proselitismos durante una crisis sanitaria que requiere disidencia con trabajo conjunto. Son tiempos de reunir ideas, creatividad y solidaridad local y global. La derecha institucionalista haría bien en distanciarse de Vox y sus provocaciones. Ante el fuego, la demanda es contribuir a apagarlo, no echar combustible para ver todo arder.




Diego Fonseca es colaborador regular de The New York Times y director del Institute for Socratic Dialogue de Barcelona. Voyeur, su nuevo libro de perfiles, se publicará próximamente.